Monólogo sobre un actor.
Era tan grande que a su madre le tuvieron que poner unas puertas correderas para que saliera de su vientre.
Como no parecía del género humano, le pusieron Génerooso.
No tenía estudios: tenía un estudio nada más. Muy amplio, para que cogiera, pero sólo uno.
No tenía luces, tenía velas.
Lucía tan poco que, a pesar de su corpulencia, te chocabas con él porque no le veías.
Hablaba con faltas de ortografía.
Se creía que una escena es lo que se come por la noche.
Se creía que las películas del Oeste eran las que se hacían en Extremadura… Y las del sur las que se hacían en Andalucía. Y las del Norte en El País Vasco.
Se creía que una papelina era un papel en el que el actor sólo hacía que entrar en el escenario y salir disparado.
Sus padres, que trabajaban en vestuario, o sea, haciendo trajes para los actores, le acercaron al cine y el cine, de tanto ser perseguido, no sabía ya cómo huir de él y, en un descuido, se dejó atrapar. ¡Pobre cine!
-Por fin me ha entrado el gusanillo -, le dijo un día a su madre.
-¿Y qué has hecho con él?
-Me lo he comido.
-¿Y te ha gustado?
-Pues sí. Así que mañana me pones una cazuela.
Le llevaron a una Escuela de Arte Dramático, para que se formara. ¡Como si no estuviera bastante formado!
Sus compañeros le preguntaban:
-¿De quién eres hijo.
-¡De sastres! -, contestaba él.
-Bueno, sin insultar.
Una vez le pisó a un compañero y le dejó el pie como una oreja.
Cuando daba la mano, marcaba las arrugas.
No sabía medir sus fuerzas. Como alguien le dijo: - Pues si no sabes a ojo, cómprate un metro.
En la Escuela de Arte Dramático, su presencia no pasó desapercibida. Para que se sentara le tuvieron que construir un banco grande, o sea, una banca. En cuanto se sentó, bancarrota.
Un profesor le pidió que se preparara unos cantos para una escena y se preparó tres. No os creáis que se rompió mucho la cabeza, no. Ni Pavarotti, ni Plácido Domingo, ni Monserrat Caballé…: “El patio de mi casa”, “¿Dónde están las llaves, matarilerilerile?” y “El corro de la patatas”.
-¿Has traído los cantos? –le preguntó el director.
-Sí.
Y comenzó a cantar: “El patio de Nicasia…”
-¡So burro! Que los quería rodados.
Y se colocó delante de una cámara para que le rodaran cantando.
¡Cómo cantaba! O no se lavaba o sudaba mierda pura.
Se creía que vocalizar era decir las vocales.
-“A, e, o, i, u, a, e, i, o, u…”, así durante un buen rato.
-¿Qué estás haciendo? –le preguntaban.
-¿Pero no lo escucháis? ¡Vocalizando! -, decía el pavo todo seguro.
Por fin le enseñaron a vocalizar: “El tomatero Matute mató al matutero Mota porque Mota el matutero tomó de su tomatera un tomate y como notó Matute que un tomate tomó Mota, por eso, por un tomate, mató a Mota el matutero el tomatero Matute”.
Y él lo intentaba repetir:”El mototero Metate mató al matatero Muta porque Muta el matarero tomó de su mata un mote y como un mote tomó Motata, por eso, por un mote, la mete Matute… (Mirando al público: ¿En qué estaría pensando?) (Mirando al papel: ¡Ah, que no ha terminado!) la moto en la meta.
No había manera de que lo hiciera bien. Siempre se equivocaba. Los otros alumnos se partían de risa.
“El perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Ramírez se lo ha robado”.
“La parra de San Rico no tiene reba porque Ramón Ramírez… (se queda un momento pensando y termina) se comía las uvas”.
Los otros alumnos no se valían tener en pie de la risa que les provocaba.
Pero cuando llegó lo de “Tres tristres tigres comen trigo en un trigal”, les sorprendió a todos. ¡Qué bien lo hizo! Repetir la frase entera no, lo de decir tres.
El tres era un número importante en su vida. Su día favorito, el martres. Para sentarse necesitaba tresillos. Lo que más le gustaba de las comidas eran los postres. Tenía el pelo lleno de tresquilones. Estudiaba en una Escuela de Artres. Su juego preferido era Las tres en raya. Su flor favorita era el tresbol. Su película favorita Desayuno con diamantres. El único libro que había leído en su vida Los tres cerditos. La canción que más le gustaba era Tres pelos tiene mi barba. Siempre estaba estresñido. Quería ser una estreslla.
Nunca decía: ¡Ojalá te des un golpe contra la pared! o ¡Ojalá te encajes en la pared!, sino: ¡Ojalá te empotres contra la pared! o ¡Ojalá te incrustres en la pared!
Tenía tan metido el tres en su vida que siempre que podía lo utilizaba: ¿De qué trestañas?, ¿Quién trestá esperando?, ¿Qué trestá pasando?, Me duele por todas las partres, ¡Qué tristrestás!, Lo cortrés no quita lo valiente.
En la Escuela de Arte, lo más dramático que había era él. No le entraba nada en la cabeza. Bueno, rectifico: sí, le entraba todo y más, pero, como la tenía tan grande, decía que se escondía en las habitaciones traseras y no se lo encontraba.
Como no le gustaba estudiar, acabó quemado, muy quemado. Porque un pirómano, que así se les llama a los que se les va la mano a hacer fuego y el resto del cuerpo a hacer que no sabe nada de la mano, provocó un incendio y, por intentar apagarla, pues era consciente de que la debía mucho, se quemó.
Sí, la debía mucho, muuuuuuucho. La debía tres meses, la debía abandonar, la debía dejar en paz y la debía olvidar, porque el olvido es una pena que no se llora. Aunque, con su memoria, lo tenía fácil.
Antes de ser actor, fue taquillero: decía muchos tacos: insensatos, mastuerzos, botarates, acéfalos, sin sustancia, cretinos, descerebrados, huevones, fatuos, estólidos, mequetrefes, zascandiles, bodrios, bazofias, mentecatos, pillastres…
Y ayudante de dirección: sostenía los papeles al director.
Se hizo famoso porque ganó “Gran Hermano” de calle. El segundo concursante más grande no era ni la mitad que él.
El primer papelillo se lo dieron con 12 años. Para fumar, recogió las colillas de los cigarros que se encontraba en el suelo, les sacó el tabaco y luego los lió con un papelillo. Se lo pidió a su primo Fernando, que fumaba chocolate, esnifaba galletas María, siempre llevaba rayas en las camisas o en los pantalones, montaba a caballo y le llamaban Camello.
El primer papel serio que le dieron fue el papel higiénico.
Después comenzó a hacer papeles de reparto: repartía los bocadillos y la bebida.
Para doblarle, no hacían falta dos, sino tres.
Lo más bonito que dijeron de él es que llenaba el escenario con su presencia.
Era, indudablemente, un gran actor.
Una vez hizo de galán. Se quedó con los brazos en cruz sin moverse y le ponían la ropa.
También hizo de guión. No, no le escribió, ¡si no sabía!: guiaba a un grupo de cazadoras a través de la selva. De cazadores, no, de cazadoras, de ésas que se ponen para no pasar frío.
Comentaban que se parecía mucho a un santo: Sansón.
Su papel más importante fue el de soldado medieval. En escena aparecía una espada clavada en una piedra de doscientos kilos. Delante de él, varios soldados, uno detrás de otro, tiraban para intentar sacarla de la piedra y ninguno lograba su objetivo. Cuando le tocó a él, después del primer intento infructuoso, tiró de ella con tanta fuerza que levantó del suelo la piedra. Aposentada de nuevo, volvió a tirar una y otra vez hasta que la sacó y, cuando la sacó, fue porque tiró con tan desmesurada fuerza que clavó el mango de la espada en la pared. Tan incrustado había quedado el mango en la pared que, para sacarlo, no se le ocurrió otra cosa que tirar por el filo con los huesos de dos jamones que estaban sin empezar, uno en cada mano, consiguiéndolo después de haberlos hecho rodajas en él.
En otra película hacía de “caníbal nazi”. De las Ese Ese. Del ese ése: un tal Hitler. La comida que más le gustaba eran los judiones. A los de otros lugares también se los comía, sobre todo a los de Israel y por ahí, pero sus preferidos eran los de La Granja de San Ildefonso, en Segovia. Desde que había oído en Alemania hablar de ellos, había venido varias veces a España para comérselos. Regresaba para acabar con la última cosecha. Y en España le tiraban Granadas. Granadas enteras, con todos sus pueblos. ¡Tenía unos efectos especiales extraordinarios! De zapatos llevaba dos barcos, pero no dos barcos pequeños, no: dos Barcos de Ávila.
Como no podía ser de otra forma, sus actuaciones eran muy poco valoradas. Recuerdo una: un uno con tres. El primer día un uno con tres; el segundo, un uno con tres; el tercero, un uno con tres: todos los días un uno con tres.
Y cuando faltó una de las tres actrices, un uno con dos. Y cuando faltaron las otras dos un uno solo.
Sus labios eran como dos rajas de melón o de sandía. Para dar un beso le hacían reducciones de labios. Como los fontaneros, de un tubo de 160 pasan a uno de 110 y de uno de 110 a uno de 50 y de uno de 50 a otro de 25. Vamos, que convertían sus rajas de melón en rajas de coco y las rajas de coco en rajas de naranja y las rajas de naranja en rajas de mandarina, que era el tamaño de los labios de las actrices.
Como era tan malo, le querían suspender. Una vez se decidieron entre 20 y, aprovechando que dormía, le ataron bien con unas buenas cuerdas para que no se escapase, pero cuando le estaban colgando, se rompieron las cuerdas y no lograron su objetivo.
A pesar de que el tiempo pasase, siempre fue un actor revelación: revelaba los secretos amorosos de los famosos.
Como actor revelación llegó muy lejos: le llamaron de no sé dónde, que está en los confines de la tierra, para que contara los amoríos de una actriz que nació por Japón o por ahí. Ahora mismo no me acuerdo. ¡Ah, sí!: Co-china.
Se quedó sin voz por culpa de un director que no sabía mandar. Le dijo que hablara para dentro y se tragó la lengua.
Obligado por este suceso, realizó su mejor interpretación: la de mudo. En vez de hacer mimo, hacía el memo, pero por lo menos no se equivocaba al hablar.
Generoso era muy muyyyyyyyyyyyyyy generoso: daba mucha, mucha, mucha, mucha, muchíiiiiiiiiiiiiiisima pena.
Como nadie le contrataba, decidió dedicar el dinero que sus padres le daban a los cortos: se pasaba todo el día en los bares tomando cortos.
Un día, al salir de un bar, escuchó por casualidad la recomendación que hacía un cura a varios feligreses:
- ¡Hay que ser generosos!
Y Generoso se emocionó porque pensaba que le ponía como ejemplo.
-¡Por fin alguien ha reconocido mi valía! -, pensó.
Tanto corto, tanto corto, que se cortó las venas y murió. Desde entonces hay terreno en el escenario para tres actores más y terreno en el cementerio para tres cadáveres menos.
Por Generoso, y por todos los actores, os pido que seáis del género humano y me deis… un aplauso.
¡Muchas gracias por vuestra generosidad!
Ayllón, noviembre, 2008
AUTOR: Rafael de Dios García.
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Era tan grande que a su madre le tuvieron que poner unas puertas correderas para que saliera de su vientre.
Como no parecía del género humano, le pusieron Génerooso.
No tenía estudios: tenía un estudio nada más. Muy amplio, para que cogiera, pero sólo uno.
No tenía luces, tenía velas.
Lucía tan poco que, a pesar de su corpulencia, te chocabas con él porque no le veías.
Hablaba con faltas de ortografía.
Se creía que una escena es lo que se come por la noche.
Se creía que las películas del Oeste eran las que se hacían en Cataluña, Murcia y la Comunidad Valenciana… Y las del sur las que se hacían en Andalucía. Y las del Norte en El País Vasco.
Se creía que una papelina era un papel en el que el actor sólo hacía que entrar en el escenario y salir disparado.
Sus padres, que trabajaban en vestuario, o sea, haciendo trajes para los actores, le acercaron al cine y el cine, de tanto ser perseguido, no sabía ya cómo huir de él y, en un descuido, se dejó atrapar. ¡Pobre cine!
-Por fin me ha entrado el gusanillo -, le dijo un día a su madre.
-¿Y qué has hecho con él?
-Me lo he comido.
-¿Y te ha gustado?
-Pues sí. Así que mañana me pones una cazuela.
Le llevaron a una Escuela de Arte Dramático, para que se formara. ¡Como si no estuviera bastante formado!
Sus compañeros le preguntaban:
-¿De quién eres hijo.
-¡De sastres! -, contestaba él.
-Bueno, sin insultar.
Una vez le pisó a un compañero y le dejó el pie como una oreja.
Cuando daba la mano, marcaba las arrugas.
No sabía medir sus fuerzas. Como alguien le dijo: - Pues si no sabes a ojo, cómprate un metro.
En la Escuela de Arte Dramático, su presencia no pasó desapercibida. Para que se sentara le tuvieron que construir un banco grande, o sea, una banca. En cuanto se sentó, bancarrota.
Un profesor le pidió que se preparara unos cantos para una escena y se preparó tres. No os creáis que se rompió mucho la cabeza, no. Ni Pavarotti, ni Plácido Domingo, ni Monserrat Caballé…: “El patio de mi casa”, “¿Dónde están las llaves, matarilerilerile?” y “El corro de la patatas”.
-¿Has traído los cantos? –le preguntó el director.
-Sí.
Y comenzó a cantar: “El patio de Nicasia…”
-¡So burro! Que los quería rodados.
Y se colocó delante de una cámara para que le rodaran cantando.
¡Cómo cantaba! O no se lavaba o sudaba mierda pura.
Se creía que vocalizar era decir las vocales.
-“A, e, o, i, u, a, e, i, o, u…”, así durante un buen rato.
-¿Qué estás haciendo? –le preguntaban.
-¿Pero no lo escucháis? ¡Vocalizando! -, decía el pavo todo seguro.
Por fin le enseñaron a vocalizar: “El tomatero Matute mató al matutero Mota porque Mota el matutero tomó de su tomatera un tomate y como notó Matute que un tomate tomó Mota, por eso, por un tomate, mató a Mota el matutero el tomatero Matute”.
Y él lo intentaba repetir:”El mototero Metate mató al matatero Muta porque Muta el matarero tomó de su mata un mote y como un mote tomó Motata, por eso, por un mote, la mete Matute… (Mirando al público: ¿En qué estaría pensando?) (Mirando al papel: ¡Ah, que no ha terminado!) la moto en la meta.
No había manera de que lo hiciera bien. Siempre se equivocaba. Los otros alumnos se partían de risa.
“El perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Ramírez se lo ha robado”.
“La parra de San Rico no tiene reba porque Ramón Ramírez… (se queda un momento pensando y termina) se comía las uvas”.
Los otros alumnos no se valían tener en pie de la risa que les provocaba.
Pero cuando llegó lo de “Tres tristres tigres comen trigo en un trigal”, les sorprendió a todos. ¡Qué bien lo hizo! Repetir la frase entera no, lo de decir tres.
El tres era un número importante en su vida. Su día favorito, el martres. Para sentarse necesitaba tresillos. Lo que más le gustaba de las comidas eran los postres. Tenía el pelo lleno de tresquilones. Estudiaba en una Escuela de Artres. Su juego preferido era Las tres en raya. Su flor favorita era el tresbol. Su película favorita Desayuno con diamantres. El único libro que había leído en su vida Los tres cerditos. La canción que más le gustaba era Tres pelos tiene mi barba. Siempre estaba estresñido. Quería ser una estreslla.
Nunca decía: ¡Ojalá te des un golpe contra la pared! o ¡Ojalá te encajes en la pared!, sino: ¡Ojalá te empotres contra la pared! o ¡Ojalá te incrustres en la pared!
Tenía tan metido el tres en su vida que siempre que podía lo utilizaba: ¿De qué trestañas?, ¿Quién trestá esperando?, ¿Qué trestá pasando?, Me duele por todas las partres, ¡Qué tristrestás!, Lo cortrés no quita lo valiente.
En la Escuela de Arte, lo más dramático que había era él. No le entraba nada en la cabeza. Bueno, rectifico: sí, le entraba todo y más, pero, como la tenía tan grande, decía que se escondía en las habitaciones traseras y no se lo encontraba.
Como no le gustaba estudiar, acabó quemado, muy quemado. Porque un pirómano, que así se les llama a los que se les va la mano a hacer fuego y el resto del cuerpo a hacer que no sabe nada de la mano, provocó un incendio y, por intentar apagarla, pues era consciente de que la debía mucho, se quemó.
Sí, la debía mucho, muuuuuuucho. La debía tres meses, la debía abandonar, la debía dejar en paz y la debía olvidar, porque el olvido es una pena que no se llora. Aunque, con su memoria, lo tenía fácil.
Antes de ser actor, fue taquillero: decía muchos tacos: insensatos, mastuerzos, botarates, acéfalos, sin sustancia, cretinos, descerebrados, huevones, fatuos, estólidos, mequetrefes, zascandiles, bodrios, bazofias, mentecatos, pillastres…
Y ayudante de dirección: sostenía los papeles al director.
Se hizo famoso porque ganó “Gran Hermano” de calle. El segundo concursante más grande no era ni la mitad que él.
El primer papelillo se lo dieron con 12 años. Para fumar, recogió las colillas de los cigarros que se encontraba en el suelo, les sacó el tabaco y luego los lió con un papelillo. Se lo pidió a su primo Fernando, que fumaba chocolate, esnifaba galletas María, siempre llevaba rayas en las camisas o en los pantalones, montaba a caballo y le llamaban Camello.
El primer papel serio que le dieron fue el papel higiénico.
Después comenzó a hacer papeles de reparto: repartía los bocadillos y la bebida.
Para doblarle, no hacían falta dos, sino tres.
Lo más bonito que dijeron de él es que llenaba el escenario con su presencia.
Era, indudablemente, un gran actor.
Una vez hizo de galán. Se quedó con los brazos en cruz sin moverse y le ponían la ropa.
También hizo de guión. No, no le escribió, ¡si no sabía!: guiaba a un grupo de cazadoras a través de la selva. De cazadores, no, de cazadoras, de ésas que se ponen para no pasar frío.
Comentaban que se parecía mucho a un santo: Sansón.
Su papel más importante fue el de soldado medieval. En escena aparecía una espada clavada en una piedra de doscientos kilos. Delante de él, varios soldados, uno detrás de otro, tiraban para intentar sacarla de la piedra y ninguno lograba su objetivo. Cuando le tocó a él, después del primer intento infructuoso, tiró de ella con tanta fuerza que levantó del suelo la piedra. Aposentada de nuevo, volvió a tirar una y otra vez hasta que la sacó y, cuando la sacó, fue porque tiró con tan desmesurada fuerza que clavó el mango de la espada en la pared. Tan incrustado había quedado el mango en la pared que, para sacarlo, no se le ocurrió otra cosa que tirar por el filo con los huesos de dos jamones que estaban sin empezar, uno en cada mano, consiguiéndolo después de haberlos hecho rodajas en él.
En otra película hacía de “caníbal nazi”. De las Ese Ese. Del ese ése: un tal Hitler. La comida que más le gustaba eran los judiones. A los de otros lugares también se los comía, sobre todo a los de Israel y por ahí, pero sus preferidos eran los de La Granja de San Ildefonso, en Segovia. Desde que había oído en Alemania hablar de ellos, había venido varias veces a España para comérselos. Regresaba para acabar con la última cosecha. Y en España le tiraban Granadas. Granadas enteras, con todos sus pueblos. ¡Tenía unos efectos especiales extraordinarios! De zapatos llevaba dos barcos, pero no dos barcos pequeños, no: dos Barcos de Ávila.
Como no podía ser de otra forma, sus actuaciones eran muy poco valoradas. Recuerdo una: un uno con tres. El primer día un uno con tres; el segundo, un uno con tres; el tercero, un uno con tres: todos los días un uno con tres.
Y cuando faltó una de las tres actrices, un uno con dos. Y cuando faltaron las otras dos un uno solo.
Sus labios eran como dos rajas de melón o de sandía. Para dar un beso le hacían reducciones de labios. Como los fontaneros, de un tubo de 160 pasan a uno de 110 y de uno de 110 a uno de 50 y de uno de 50 a otro de 25. Vamos, que convertían sus rajas de melón en rajas de coco y las rajas de coco en rajas de naranja y las rajas de naranja en rajas de mandarina, que era el tamaño de los labios de las actrices.
Como era tan malo, le querían suspender. Una vez se decidieron entre 20 y, aprovechando que dormía, le ataron bien con unas buenas cuerdas para que no se escapase, pero cuando le estaban colgando, se rompieron las cuerdas y no lograron su objetivo.
A pesar de que el tiempo pasase, siempre fue un actor revelación: revelaba los secretos amorosos de los famosos.
Como actor revelación llegó muy lejos: le llamaron de no sé dónde, que está en los confines de la tierra, para que contara los amoríos de una actriz que nació por Japón o por ahí. Ahora mismo no me acuerdo. ¡Ah, sí!: Co-china.
Se quedó sin voz por culpa de un director que no sabía mandar. Le dijo que hablara para dentro y se tragó la lengua.
Obligado por este suceso, realizó su mejor interpretación: la de mudo. En vez de hacer mimo, hacía el memo, pero por lo menos no se equivocaba al hablar.
Generoso era muy muyyyyyyyyyyyyyy generoso: daba mucha, mucha, mucha, mucha, muchíiiiiiiiiiiiiiisima pena.
Como nadie le contrataba, decidió dedicar el dinero que sus padres le daban a los cortos: se pasaba todo el día en los bares tomando cortos.
Un día, al salir de un bar, escuchó por casualidad la recomendación que hacía un cura a varios feligreses:
- ¡Hay que ser generosos!
Y Generoso se emocionó porque pensaba que le ponía como ejemplo.
-¡Por fin alguien ha reconocido mi valía! -, pensó.
Tanto corto, tanto corto, que se cortó las venas y murió. Desde entonces hay terreno en el escenario para tres actores más y terreno en el cementerio para tres cadáveres menos.
Por Generoso, y por todos los actores, os pido que seáis del género humano y me deis… un aplauso.
¡Muchas gracias por vuestra generosidad!
Ayllón, noviembre, 2008
AUTOR: Rafael de Dios García.
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