A mi perra le alcanza con hacer tres o cuatro boludeces como dar la pata o hacerse la muertita para conseguir alimento de primera calidad, afecto y que la tratemos mejor que a un amante. En cambio, los seres humanos trabajamos ocho horas como burros para poder comprar comida que poco a poco nos va tapando las arterias, de vez en cuando alguien nos tiene lástima y nos acaricia y salvo que sea nuestro cumpleaños, pasamos desapercibidos. Realmente es curioso comprobar como hay verdades que están delante de nuestras narices y las ignoramos. Observo mi vida, la comparo con la de mi perra, y me preguntó de donde habrán sacado que lo que nos diferencia como especie es que somos inteligentes. Sé que importantes pensadores afirman que ese es nuestro rasgo distintivo: se han escrito millones de libros referidos al tema. Aunque si somos sinceros tenemos que convenir que ningún libro le cambia la vida realmente a nadie. Leer puede ser, la mayoria de las veces, una experiencia frustrante, agobiadora, deprimente. Uno lee El Capital, lo compara con la realidad y dan ganas de pegarse un corchazo. Las vida del Che Guevara es apasionante en tanto sea letra escrita: de ahí a considerar la posibilidad de una revolución socialista es otra cosa. No por nada mi perra se niega sistemáticamente a que le enseñemos a leer.
Debo admitir que hasta hace poco no soportaba a la gente que compara la vida humana con la animal. No sé si será por la influencia de Animal Planet o de Ludovia Squirru y su horóscopo chino que hay toda una legión de gente empecinada en mostrarnos las virtudes del mundo animal y cuanto deberíamos aprender de ellos. Cada vez es mas común encontrarte en un asado con un ser escuálido y pálido picoteando una ensalada desabrida, que en el momento en que estás haciendo el sandwich de chorizo comenta al pasar. “Mi vida cambió desde que dejé de comer carne, huevos y leche. Las ardillas son felices comiendo solo frutos del bosque” Muchas veces tuve ganas de agarrar un tenedor, saltar encima de la mesa, caer sobre el vegetariano y mientras le clavo una y otra vez el tenedor en la garganta preguntarle “¿Donde mierda puedo conseguir frutos del bosque en plena ciudad? ¿Por que los pumas invaden tu inocente bosque para comerse a los inocentes venados? ¿Como carajo sabés que las ardillas de tu bosque son felices?” Pero uno ya es grande y arruinó demasiados asados y reuniones. Una cosa es estar borracho y querer tocarle el culo a la novia de un amigo y otra distinta querer matar a un vegetariano. Sino para que carajo nos sirve la experiencia.
Bueno, si nos ponemos a hilar fino la experiencia no sirve de mucho que digamos Sin ir más lejos, tuve que rendirme ante la evidencia que a mi perra le alcanza con saber dar la pata para obtener agua y comida y yo tengo que trabajar diez horas por día para poder almorzar de parado un pancho. Cuando tomé conciencia de ese hecho tan denigrante, me convertí en uno de esos tantos ateos que de pronto se sienten conmovidos por místicas revelaciones. Le pedí encarecidamente a Dios que tuviera la inmensa y misericordiosa bondad de reencarnarme en un perro en mi próxima vida. A pesar de mi súbita reconversión a esa especie de budismo-cristianismo, no obtuve una respuesta contundente del supremo lo que me llevó a contemplar la posibilidad de tirarme a los pies de mi jefe haciéndome el muertito. Pero no me atreví; no estaba seguro que con esa actitud pudiera seguir comiendo el pancho o la hamburguesa que almuerzo diariamente. ¿Que hice entonces? Lo que hacemos todos los seres humanos cuando descubrimos una verdad que nos deja más retorcido que trapo de piso. Me olvidé de mi triste situación. En definitiva, me hice el boludo.
Otra que la inteligencia. Hacernos los boludos, esa y no otra es nuestra virtud como seres humanos. Tu pareja encuentra en tu celular un mensaje de texto que dice: “Nunca fui con alguien en la cama tan feliz como con vos” ¿Y uno como reacciona? Mira para otro lado, se encoge de hombros y murmura: “Estos de la compañía me tienen podrido mandándome promociones todo el tiempo. Ya no saben que hacer para ganar clientes” Si uno fuera valiente y no un cobarde que se hace el boludo todo el tiempo, contestaría: “¿No sos feliz teniendo a tu lado a alguien que hace tan bien el amor?” Coincido en que ninguno de nosotros está preparado para andar por la vida diciendo verdades sin filtro. Pero convengamos también que echarle la culpa a tu compañía de celular, es totalmente absurdo, una estupidez que demuestra una vez más que seremos cualquier cosa, menos inteligentes.
Sin embargo, así es como actuamos. Nuestra primera reacción es hacernos los pelotudos. Nos sale instintivamente. Cometemos cualquier torpeza, como por ejemplo derramar el vino cuando se lo servimos a otra persona y ¿que decimos? “Mierda, estas botellas vienen cada vez peores, no se de que material las están haciendo” Y no solo eso, sino que insistimos. “Lo que pasa es que como ahora exportan todo, los materiales para el consumo interno son una porquería” O sea que no nos conformamos con ser torpes, sino que le damos una explicacion politica-sociologica al tema. No tenemos la valentía de decir, soy un pelotudo que no sabe servir vino, sino que tratamos de justificar el desastre. Y esa cualidad si así puede llamarse, es lo que nos emparenta a todos los seres humanos. Sé que es difícil asumir que por ejemplo Bush, padre o hijo, no importa, (ya se sabe que el orden de los productos no altera el resultado ) tienen algo en común con nosotros o con nuestros seres más queridos. Pero lamentablemente es así. Mal que nos pese, esos monstruos tienen ciertas características parecidas a cualquier mortal. Estan dotados de dos brazos, dos piernas y una cabeza. Comen, cagan y respiran de la misma manera que lo hace cualquier otro. Y además tienen el plus de tener su capacidad de hacerse los pelotudos desarrolladas a la enésima potencia. Porque a menos que cenen todos los días puré de lexotanil, si no sabrían hacerse los pelotudos... ¿como pueden dormir por las noches?
Pero dejemos de lado casos tan extremos. Tropezamos dos veces con la misma piedra, ya se sabe. ¿Cómo explicamos eso? “Esta piedra es distinta a la otra que me causó esguince de tobillo. Es de otro estilo. La otra era más redondeada y esta es puntiaguda” De todas maneras no es para hacerse tanta malasangre. Si todos pudiéramos analizar nuestras desgracias con cierta perspectiva histórica, nos sentiríamos más aliviados. Tal vez no cometeríamos dos veces el mismo error. Un día puede ser que tu segunda esposa te diga: “¿Es mucho trabajo que apretes la pasta dental desde la base y no en cualquier lado?. Un sudor helado te recorre el cuerpo. El famoso deja vu, encarnado en esa pregunta. “¿Como no me di cuenta que esta es tan rompe pelotas como mi ex?” ¿Estoy ciego o padezco de Alzhemeir premtaturo?” Pero, como en tantas otras cuestiones, te haces el pelotudo, pasas por alto el detalle que tu actual pareja va camino a ser tu ex pareja.
Cuando me di cuenta que mi vida era más miserable que la de mi perra, no sé por qué pensé en Darwin, el del Origen de las Especies. Charles Darwin se pasó la vida estudiando animales para ver si podía comprender a los humanos. Decepcionante ¿no? ¿Que habrá sentido cuando se dio cuenta que una colonia de pinguinos tiene una memoria histórica que les sirve para comer, sobrevivir y reproducirse mientras que los seres humanos comemos, sobrevivimos y nos reproducimos solamente porque sabemos hacernos los pelotudos? Podemos matar a otro semejante por un pedazo de pan y seguir nuestras vidas lo más campantes. Nos autodestruimos haciendo abuso de drogas altamente peligrosas como es escuchar por las mañanas en la radio a Chiche Gelblung y reincidir como si nada esa misma tarde, mirando lo más tranquilos a Jorge Rial. No es posible que Darwin no se haya dado cuenta de esto, pero como hombre inteligente que era y ante todo humano, se hizo el pelotudo sobre esta cuestión. Supongo que cuando se dio cuenta de esto se habrá planteado: ¿existirá en el reino animal otra especie que sepa hacerse los pelotudos de manera tan increíble como los seres humanos?
Muchos fuimos, en mayor o menor medida, revolucionarios cuando éramos jóvenes. ¡Qué tiempos aquellos! Pretendíamos terminar con el capitalismo salvaje.... Aquellos dorados días en que se soñaba con la dictadura de proletariado... Era más placentero imaginar una huelga general, la gente saliendo a la calle, tomando edificios públicos, paralizando el país hasta acabar con los cerdos capitalistas, que echarse un polvo... Que época, ¿no? Y pensar que ahora desearíamos tener un tanque Panzer, no importa si es un modelo viejo, no tiene que ser de ultima generación, ni siquiera estar equipado con Gps... Un tanque que funcione, que vaya para adelante y aplaste a su paso a esa columna de jubilados que cortan la calle exigiendo que les abonen lo que les corresponde o que por la menos la eutanasia sea un derecho... Ese revolucionario de ayer ahora solo quiere tener un tanque de guerra que aplaste a todo piquete que se interponga en su camino y le impida llegar a su casa sin dos horas de demora, para olvidarse del mundo mirando a Tinelli y para que su bebe lo despierte a las tres de la mañana llorando a los gritos. ¿Como es que ese ser que una vez luchó por un mundo mejor ahora es potencialmente un asesino serial? No creo que haya otra respuesta que la la ya expresada: por nuestra gran capacidad para hacernos los pelotudos.
No suena muy científico que digamos pero es así. Las mujeres sufren como perras cuando tienen un hijo y sin embargo reinciden, no solo una o dos veces... Tres, cuatro, diez veces..... Aunque supongo que el tercer parto debe ser como ir al dentista a hacerse una limpieza de dientes: jode pero no es sacarse una muela. Una mujer que ya fue madre se hace la pelotuda con respecto a las nauseas, a los mareos, y a los dolores que sintió en el anterior embarazo. Se olvida de todo eso aun sabiendo que se le va a ensanchar la cadera y se le va a caer el culo. Ruega solamente que el parto no sea por cesarea porque encima le va a quedar la cicatriz. Hecatombe total y absoluta. Lo positivo es que ya no tomaremos en cuenta seriamente su angustia pos parto; con dos, tres o cuatro hijos para criar... ¿Podes darte el lujo de sentir angustia? Solo te queda hacerte el pelotudo y darle para adelante.
Nuestro famoso insitnto de supervivencia se basa en ese simple hecho: olvidar y seguir como si nada. Creo que todos saben quien es el hombre más poderoso de la Argentina, ¿no? No es un intelectual, ni un empresario ni un dirigente obrero. El hombre más poderoso en nuestro país se llama Julio Grondona y desde antes que nacieran Adán y Eva, él ya manejaba la pasión de millones de argentinos. ¿No es sumamente increíble pensar que alguien pueda manejar una pasión? Ese hombre existe y lleva un anillo en su mano derecho con dos letras grabadas. La t y la p. Todo pasa. Es otra forma de decir hay que hacerse el pelotudo. Por más que sufras y creas que el mundo se te cae encima...
El otro día en el colectivo me crucé casualmente con quien fue mi primera esposa. En todos estos años, cada vez que me preguntaban cuanta veces me había casado, tenía que hacer un gran esfuerzo por recordarla. Ella me reconoció, nos saludamos civilizadamente.... Solo gente que hizo terapia procede de esa manera... Tuvo cuatro hijos, se le cayó el culo que tanto me gustaba.....Bueno no sería de hombre exponer su decadencia.. Pero confieso que cuando nos despedimos me quedé pensando cuanto había sufrido cuando nos separamos. Lloraba por las noches, estaba destrozado, en fin, hice uso y abuso de todas esas mariconeadas que los hombres no admitimos, porque precisamente sabemos hacernos los pelotudos.
Nos hacemos los boludos cuando festejamos las ocurrencias del Bambino Veira, olvidándonos que antes era un degenerado hijo de puta porque ser morfó a un pibe de doce años y zafó de la cárcel gracias a un indulto de Menem; nos hacemos los boludos cuando vemos la cara de aburrido que pone nuestro analista mientras escucha lo que ya le contamos tres mil quinientas veces; allá por el 2001 gritamos que se vayan todos pero nos hacíamos los boludos cuando nos preguntaban quién gobernaba si efectivamente se iban todos; si manejas mientras hablas por celular y tu hijo te dice que en la escuela le enseñaron que eso está mal, te haces el pelotudo cuando le respondes: “Es verdad, pero era una urgencia... La tía Irene tiene un casamiento y no consigue turno en ninguna peluquería... Imaginate que tragedia” Si tu hijo no te contesta nada y se queda distraído mirando por la ventanilla, podés sentirte orgulloso: aprendió a hacerse el pelotudo.
La especie se perpetua. Por suerte.